
Un reciente análisis publicado en The Milbank Quarterly pone en el centro de la discusión a los alimentos ultraprocesados, al señalar que su impacto en el cerebro humano guarda paralelos preocupantes con el de los cigarrillos. Investigadores de las universidades de Harvard, Michigan y Duke examinaron cómo estos productos estimulan los sistemas de recompensa neuronal, generando patrones de consumo difíciles de controlar únicamente con fuerza de voluntad.
El trabajo plantea que estas similitudes no son accidentales. Según los autores, el desarrollo y la promoción de los ultraprocesados responden a lógicas industriales comparables a las que, durante décadas, dominaron a la industria tabacalera. El estudio integra hallazgos de nutrición, neurociencia y políticas sanitarias para advertir sobre los riesgos actuales y cuestionar la eficacia del marco regulatorio vigente.
La investigación explica que los ultraprocesados están formulados para maximizar la gratificación biológica sin provocar rechazo sensorial. Las empresas ajustan con precisión la combinación de azúcares, grasas y sodio hasta alcanzar un nivel de placer que estimula el consumo repetido, una lógica similar al control de la dosis de nicotina en los cigarrillos.
El hallazgo que incomoda a la industria: ultraprocesados y tabaco funcionan de forma similar.
Otro factor clave es la rapidez con la que estos productos entregan energía al organismo. Su estructura facilita una absorción acelerada de carbohidratos y grasas, generando picos metabólicos seguidos de caídas abruptas. Este proceso activa los circuitos dopaminérgicos del cerebro de manera comparable a la inhalación de nicotina, lo que favorece la aparición de antojos frecuentes.
A ello se suma un diseño sensorial cuidadosamente planificado. Texturas, aromas y sonidos específicos refuerzan la experiencia de consumo, mientras que estrategias de health washing utilizan mensajes de aparente bienestar para minimizar la percepción de riesgo. La omnipresencia de estos alimentos en el entorno cotidiano completa un modelo que sostiene el consumo elevado a largo plazo.
El estudio también traza un paralelismo entre las prácticas de la industria alimentaria y las históricas tácticas del sector tabacalero. Entre ellas se destacan la calibración de ingredientes para maximizar el placer, la velocidad de entrega de estímulos reforzantes y la reformulación de productos para proyectar una imagen más saludable de lo que realmente son.
Ante este escenario, los autores advierten que las políticas centradas solo en la educación nutricional y la elección individual resultan insuficientes. Proponen avanzar hacia medidas más firmes, como impuestos específicos, límites a la publicidad y acciones legales, inspiradas en las estrategias que demostraron eficacia en el control del tabaco.

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El análisis subraya además la importancia de distinguir entre distintos tipos de ultraprocesados, ya que no todos presentan el mismo nivel de riesgo. Una clasificación más precisa permitiría diseñar intervenciones regulatorias y preventivas mejor focalizadas.
Finalmente, los investigadores plantean un cambio de enfoque: trasladar la responsabilidad del daño desde el consumidor hacia las empresas que diseñan y comercializan estos productos. Según el estudio, solo un marco legal más estricto y una mayor rendición de cuentas de la industria podrán reducir el impacto de los ultraprocesados en la salud pública y avanzar hacia un sistema alimentario más transparente y sostenible.
Periodista especializada en tendencias y actualidad. Licenciada en Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza. Certificada en SEO y Marketing Digital. Interesada en temas relacionados con tendencia, coyuntura nacional, farándula y más.