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HOY

¿Prisión o libertad? La clave está en su edad y en el artículo 57 del código penal

En medio de la indignación pública, la justicia enfrenta una decisión que pondrá a prueba su independencia y rigor técnico sobre el caso de Adrián Villar.

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Adrián Villar: ¿Prisión o libertad?

Escrito por la abogada penalista Claudia Peralta

El caso de Adrián, un joven de 21 años envuelto en un accidente que ha sacudido la sensibilidad pública, ha puesto sobre la mesa un debate que quema: ¿prisión preventiva o decisión técnica? En un país donde la indignación suele correr más rápido que los expedientes, es necesario recordar que en un Estado de derecho las decisiones no se toman por el volumen de los gritos en la calle, sino por el peso de la ley.

La prisión preventiva no es una condena anticipada ni un castigo para calmar los ánimos. Es una medida extrema que solo debe dictarse cuando hay un riesgo real de fuga o cuando las pruebas son tan aplastantes que la cárcel parece el único destino seguro. Aquí, el análisis del juez debe ser quirúrgico, no emocional.

Uno de los puntos clave es la llamada "prognosis de pena". No se trata de mirar el máximo castigo que dice el código, sino de ver la realidad del acusado. Adrián tiene 21 años y no tiene antecedentes. Según el reciente Decreto Legislativo 1585, los jueces tienen hoy la facultad de considerar penas suspendidas (fuera de la cárcel) para jóvenes menores de 25 años, incluso en delitos graves. Es una herramienta legal, no un favor.

Sin embargo, la norma no obliga al juez; le da una responsabilidad. El magistrado debe decidir si este joven debe llevar su proceso tras las rejas o si, por su edad y condiciones personales, el derecho permite que lo haga en libertad. Esa es la verdadera prueba de fuego para nuestra justicia.

La decisión que se tome hoy enviará un mensaje claro: o reafirmamos que la libertad es un derecho que solo se quita con argumentos técnicos y sólidos, o convertimos la prisión en una respuesta rápida para apagar incendios sociales. La responsabilidad es altísima porque no solo se decide el destino de un joven, sino la coherencia de todo nuestro sistema judicial.

Ahora más que nunca, el juez debe actuar con independencia y una motivación de hierro. Porque cuando la libertad de una persona está en juego, la única respuesta válida es una resolución estrictamente jurídica, nunca una reacción al clamor del momento.

La historia juzgará el hecho; pero ahora el país observará cómo decide la justicia.

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