Mucha calle: Peluchín chin chin
Únete al canal de Whatsapp de El PopularTal vez para defenderse pueda decir, muy a su estilo, que no deberíamos “hacernos los de calzón con bobos” con él, porque el mismísimo Neil Patrick, el anfitrión de la Ceremonia del Oscar, salió en calzoncillos.
Peluchín puede decir que todo se trata de entretenimiento. Y que uno debe ser capaz de reírse de todo. Pero su conducción en la noche de los Oscar dio pena. Por dos razones.
La primera, porque no es posible que desaproveche la oportunidad para demostrar que no todo es veneno ligero, críticas de recientes celulitis o de llamar “Candy” a cualquier chica de la farándula chola.
Hoy sabemos que de eso no pasará. Ahí quedó. No sé si porque no le da más el talento o porque simplemente no le dio la gana.
Apelar a la burla de sí mismo, decir por ejemplo: “Gigi, nos están dando duro en las redes, dicen que somos como la cucaracha en la pizza”. “Dicen que estamos más perdidos que huevo en cebiche”.
O pedirle a Gigi, en una demora en el pase al teatro donde se realizaba el evento hollywoodense, que grite “fuego” como lo hace de manera alharacosa e insoportable en Amor, amor, amor, o que se cuente un chistecito soso y cándido para evitar el roche de no tener –o no saber– qué decir, son solo una muestra de su pobre conducción.
Y por ahí va la segunda razón. En un momento en que la TV tiene los reflectores encima, que se viene una marcha, que la opinión pública no tiene claro si lo que se llama “basura” es televisión, depende más de los productores, de los personajes o de los programas. Peluchín demuestra que para estar en pantalla no importa ser un desinformado que hace mención a la piratería precisamente cuando debe hablar de quienes hacen posible la industria del cine.
En las redes le han dado duro. Y creo que por su culpa, también a Gigi, quien trató de estar en nivel y aportar datos o comentar sobre las tramas de las películas nominadas.
Y porfió por hacerlo, pese a que Peluchín trataba de que el estilo sea el mismo de Amor, amor, amor, como si no entendiera –o al menos intuyera– que los veía un segmento de público distinto al que ve sus disfuerzos faranduleros por la tarde.
Ahora bien, ¿fue culpa de él?, ¿lo mandaron a hacer reír y como no tenía muchas cartas bajo la manga solo le quedó burlarse de sí mismo? ¿Realmente quería estar ahí? ¿No había en ese canal alguien mejor preparado?
Nadie le pedía ser un erudito, ni siquiera que hable de cuestiones técnicas. Unos datos dichos con humor, algunos tips y un par de anécdotas bastaban. Jalón de orejas.
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