
Érase una vez una niña de ocho años amiga de las alturas, que no tenía miedo a la cuerda floja porque en sus venas corre sangre de circo por cuatro generaciones.
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Layesca Valderrama Terri es pequeña, menuda y proyecta esa algarabía que todo artista alberga en el alma de forma natural.
Ella forma parte del circo Frozen (Aventuras Congeladas) y practica el alambrismo, un viejo arte circense que se remonta a la noche de los tiempos donde magos e ilusionistas caminaban sobre una cuerda de acero a varios metros de altura y flotaban en el viento como plumas.
Antes de salir a la función, Layesca se prepara.
Se pone sus trajes coloridos, su madre la maquilla y calienta el cuerpo para entregarse a su rutina.
Layesca está acostumbrada a ver en el circo de su padre y abuelo, acróbatas, payasos, equilibristas, escapistas, magos, malabaristas, mimos, monociclistas, titiriteros, tragafuegos, trapecistas, adiestradores de animales y hasta hombres arañas que anidan en los rincones de la carpa.
Layesca es una niña singular.
No le gusta jugar con muñecas y en el tiempo libre que tiene ve la popular serie Juego de Tronos en una tablet.
“No me gusta jugar con muñecas, me gusta ver Juego de Tronos en internet y luego practicar la cuerda, cuando estoy arriba siento que vuelo, me concentro y todo desaparece alrededor”, asegura la pequeña alambrista.
Ray Valderrama (25), también acróbata y padre de Layesca, asegura que para dominar este acto su hija cayó varias veces, pero siempre se levantó.
“El circo es magia, pero también preparación, esfuerzo, sacrificio, vamos de pueblo en pueblo por todo el Perú. Layesca ensaya cuatro o cinco horas diarias para el alambrismo, no se puede improvisar porque un error te cuesta la vida”, dijo Ray, padre de otros tres menores que también aprenden el arte circense.
Hugo Valderrama (53) instaló la carpa del circo Frozen en tres días en la avenida La Cordialidad en San Diego Pro, Los Olivos.
Asegura que su padre y abuelo también eran de circo y recorrían el Perú en carreta y burrro.
“Hay muchos que han malogrado el circo peruano, llegan a pueblos y dejan todo sucio, pero en mi circo transmitimos el respeto por el arte de generación en generación”, dice don Hugo.
Pero el circo de la familia Valderrama ha llegado a Ecuador, Colombia y Venezuela, donde recorrió, cual saltimbanquis, pueblos escondidos llenos de historias y mitos de una Latinoamérica en donde un duende o una ñiña desafían a los ángeles en las alturas.
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