Doris Huamán Carnero: “Mi mamá nos enseñó a trabajar”

Gamarra es el centro de operaciones de Doris Huamán. Allí crecieron sus hijas, haciendo sus tareas escolares mientras ella forjaba la hoy cadena de zapaterías Vanity Shoes. No solo posee ahora su propia marca de calzados, sino también la representación exclusiva de una serie de productos brasileños. De niña fue ambulante para ayudar a su madre, juntas supieron dejar atrás la pobreza.

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A los 8 años empezó vendiendo carretes de hilo en el suelo.
A los 8 años empezó vendiendo carretes de hilo en el suelo.

Antonio OrjedaFotografías: Ximena BarretoGamarra es el centro de operaciones de Doris Huamán. Allí crecieron sus hijas, haciendo sus tareas escolares mientras ella forjaba la hoy cadena de zapaterías Vanity Shoes. No solo posee ahora su propia marca de calzados, sino también la representación exclusiva de una serie de productos brasileños. De niña fue ambulante para ayudar a su madre, juntas supieron dejar atrás la pobreza.—Tenía cinco años cuando, tras separarse, su papá decidió que no vivirían más en su casa de Magdalena y les puso una vivienda de madera en Villa El Salvador, cuando este distrito aún era un arenal...—A estas alturas mis recuerdos ya no son tan tristes, aunque sí persiste ese sentimiento de falta, de ausencia.—A usted y a sus hermanos eso los hizo fuertes...—Nos obligó a resolver nuestros problemas a pesar de ser niños.—Llegaron a un distrito en el que entonces primaba el trabajo comunal...—Era una comunidad autogestionaria; y mi mamá fue capacitadora, daba charlas a las mujeres sobre el uso de anticonceptivos, fue dirigenta del Vaso de Leche. ¡Estaba en todas!—Su mamá se hizo de un puesto en el mercado...—Siempre le gustó la mercería, y se abocó a eso. Compraba sus lanas en Gamarra, tejía prendas a mano o a máquina, las vendía, atendía pedidos, daba crédito… Hacía de todo con tal de generar ingresos para la casa. Es que había temporadas en las que no se vendía nada de mercería. Ella nos enseñó a trabajar, a movilizar el dinero; lo vendíamos todo.—A los ocho años le propuso irse sola como ambulante a La Chanchería, un mercado cercano y muy concurrido...—Iba sábados y domingos. Yo era bien metiche con mi mamá, cualquier cosa que le decían, estaba con las orejas paradas. Si la veía que estaba por barrer, yo agarraba la escoba: “¡Yo barro, mamá!”. “¡Deja, hijita!”, me decía. Siempre me hace acordar: “Cargosa, eras. ¡Siempre querías estar haciendo algo! Barriendo, trapeando, limpiando, ¡desde chiquita!”. Un día escuché que le iban a pagar con hilos, y –le dije–: “¡Yo los vendo!”. Le propuse ir a La Chanchería porque ya conocía –ahí comprabas las verduras más baratas– y sabía qué cantidad de gente iba.—Estaba convencida de que vendería todos los hilos...—¡Claro! Me ponía al final de todos, en el suelo. Hasta ahí llegaban las señoras y me compraban. “Señora, lleve y le regalo su agujita”. “¿Tiene bodega? Lleve para su bodega, ¡y lo vende al doble!”.EN BUSCA DEL ÉXITO—Nadie le enseñó...—Veía a mi mamá, cómo trataba al cliente.—Salieron adelante. Incluso, volvieron a Magdalena, abrieron una boutique...—Empezamos con una tienda pequeña. El 89 dejamos Villa El Salvador porque había cambiado: la delincuencia aumentaba, se venía para peor.—Alquilaron un local en Magdalena...—Nos endeudamos hasta el cuello, pero pudimos devolver rápido el préstamo porque Magdalena es un distrito donde hay mucho consumo. La gente es bien linda, bien amable, te compra si la tratas bien; y nosotros sabíamos cómo hacerlo.—Su fuerte eran los sacos de paño. El 96 les fue tan bien, que lo apostaron todo para romperla el siguiente año. No contaron con el fenómeno de El Niño...—Para nada. ¡Ni siquiera sabíamos que existía un fenómeno El Niño! Nos quedamos endeudados. Quebrados, prácticamente…—¿De cuánto era su deuda?—Unos diez mil dólares. Para nosotros era una millonada. ¡Inalcanzable! Nos habíamos fiado, sacado préstamos de las cooperativas…—¿Qué hicieron con la mercadería que acá tenían?—La comenzamos a rematar. De algo nos tenía que ayudar, porque lo primero era cancelar las deudas. Ahí fue que comencé en Gamarra.POCO A POCO FUE CRECIENDO—¿Cómo así?—Vine a hacer las compras y un amigo me dijo: “Van a abrir una tienda acá, abajo. ¿No quieres?”. “¡Ya!”. Tenía un metro cincuenta por 80 cm y como yo tejo y estaban de moda los chalequitos, vendía. Era la primerita en llegar: todo el mundo llegaba a las 9:00 am, y yo, desde las 8:00 am ya estaba ahí, sentadita, porque quería hacerme mi clientela. Poco a poco fui creciendo. De ahí, tuve una tienda más grande.—¿Cómo así entran en escena los zapatos?—Como tenía un montón de zapatos en Magdalena, los traje y comencé a rematar. Los vendí todos. Los tenía de cuando vendía los abrigos. Vía Uno, zapatos de marca. ¿Por qué los tenía? Porque la gente preguntaba –como tenía ropa bonita–: “¿Y no tienes zapatos?”. Y como la ropa era cara, no podía tener cualquier zapato.Me habían sobrado unos 200 pares, ¡no sabía qué hacer con ellos! En Magdalena los vendía a S/.180. “Señora, están preguntando un montón por sus zapatos. ¿Por qué no los vende acá?”. Los puse en una malla de pescador y los colgué con un cartel: “Cualquier par a S/.50”. La gente decía: “Pero, si son originales, ¡cómo van a estar a S/.50!”. En una semana lo vendí todo. ¿Qué hice? Me fui a Azaleia y compré dos docenitas. Ellos creían que los iba a vender en Magdalena, pero yo agarraba mi carrito viejo y los traía para acá. Me daba vergüenza que supieran, porque entonces recién estaban limpiando Gamarra… Al año pasé de comprarles dos docenas, a cincuenta, ¡cien docenas!—¿Cada cuánto tiempo?—Cada dos o tres meses. Después de un año abrió Platanitos. Entonces no había zapateros en Gamarra.—Ha dicho que un recuerdo recurrente son las sandalias de su madre, completamente trajinadas. Hoy usted vende sandalias por montones...—Sí, y ahora ella tiene ¡de todos los colores que quiera!

VENDER PARA SER BUENAS PERSONAS

—Comenzó a irle bien, pero como no tenía para pagarle a terceros, le propuso a su esposo que deje su empleo y trabaje con usted...—Él era jefe de taller en una mecánica de Renault. No quería. Pero le dije: “Necesito tu ayuda”. Los primeros 15 años trabajamos incluso sábados, domingos y feriados. De 8:30 am a 10:00 de la noche.—Necesitaba un brazo derecho...—¡Claro! De ahí, comenzamos a contratar personal. Ahora siento orgullo, porque las chicas que empezaron conmigo, a las que les enseñé, ahora son profesionales y vienen a visitarme porque aquí no solo se les enseñó a vender, sino también a ser buenas personas: íntegras, honestas, leales.—De ser machista, su esposo no habría aceptado...—Es machista (ríe)… Pero lo tengo controlado. Somos un complemento, una sociedad. Él es muy trabajador, hogareño, ¡qué más puedo pedir!

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