El peligro a diario
Hace unos días fuimos con el “Colorao” al velorio de un coleguita. Lo conocía poco, pero lo recuerdo por su verbo. Siempre nos pedía unirnos para defendernos de la delincuencia, de los operativos abusivos y para reclamar seguro social y otros derechos. Lamentablemente, unos falsos pasajeros lo golpearon para robarle el taxi.
Únete al canal de Whatsapp de El PopularPor Lucho Camino
Hace unos días fuimos con el “Colorao” al velorio de un coleguita. Lo conocía poco, pero lo recuerdo por su verbo. Siempre nos pedía unirnos para defendernos de la delincuencia, de los operativos abusivos y para reclamar seguro social y otros derechos. Lamentablemente, unos falsos pasajeros lo golpearon para robarle el taxi.Después de una semana en el hospital, falleció por complicaciones.En el velorio, aunque la tristeza era compartida, no faltaron las bromas. Como a mal tiempo buena cara, el gordo “Cajero”, que manejaba un station wagon más viejo que Matusalén, pidió contar anécdotas sobre atracos. “Hay que despedir al finadito en su ley”, sugirió y se mandó con su historia.“Una noche, iba por la Manco Cápac y me para una embarazada que se retorcía de dolor. Su esposo la abrazaba. Ya a bordo, la mujer me pone una pistola en la mitra. Pucha, ambos se pelaron mi billete del día y mi radio que recién había comprado en la Cachina. ‘No me llevo tu carro porque ni en San Jacinto me lo aceptan por viejazo’, me dijo. Casi la beso”, sonrió el gordo.Hubo más historias. La parejita que espera una zona solitaria para ponerte. La de los pirañas que juegan fulbito y apenas te detienes, te roban los faros, etc. Pero me sorprendió que el “Colorao” cuente la suya.“Por la Tomás Valle, vi un chibolo herido. Una mujer que lloraba desconsolada me hizo señas. Me dijo que su pequeño había sido atropellado por otro taxista. Cuando bajé a auxiliarlo, un zambo salió detrás de un quiosco y me puso un cuchillo en el cuello. Me amarraron, me subieron y cuando me iban a botar camino a Ventanilla, reconocí al papá. Había estudiado conmigo en el cole. ‘Oe, Lolo, tranquilo promoción’, le pedí. Se palteó. ‘Disculpa, causa, pero igual nos tenemos que llevar algo, pero pa’ que veas que no soy malo, te dejo el carro. Eso sí, nunca me viste porque si me tiras dedo, te mando mis patas’. Desde ese día, yo no ayudo a nadie”, relató el “Colorao”.Estaba bien serio al final de su historia y varios colegas le daban la razón, mientras tomaban su café. “Salvo que sea una costilla que esté diez puntos, ahí sí me arriesgo”, remató riéndose. La gente casi lo apana por payaso.El grupo se dispersó y yo me quedé pensando en el finadito. Ojalá su sueño se cumpla algún día para los taxistas. Nuestra chamba no es fácil. Soportar el calor infernal o el frío glacial. Tener que arriesgarnos en cada carrera de que nos toque un pasajero que nos asalte. La verdad, no es fácil.
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