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Eva Arias, una minera de corazón

Nadie la llama por su nombre: Luz Evangelina. Para todos, incluso para ella misma, es Eva. De abuelo y padre mineros, había comenzado a destacar en otro rubro cuando el destino reorientó su vida. La devolvió a sus orígenes, porque Eva Arias nació y creció cerca de los socavones.

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Eva Arias ha recibido varios reconocimientos por su labor profesional.

Antonio Orjeda

Fotos: Lucero del Castillo

Nadie la llama por su nombre: Luz Evangelina. Para todos, incluso para ella misma, es Eva. De abuelo y padre mineros, había comenzado a destacar en otro rubro cuando el destino reorientó su vida. La devolvió a sus orígenes, porque Eva Arias nació y creció cerca de los socavones.

—Usted no planeaba dedicarse a la minería, estudió Arquitectura...

—Sí. Yo tenía una muy buena relación con mi papá, y se dio cuenta de que a mí me gustaba el arte, entonces me comenzó a llevar libros de Arquitectura. Así me fue enamorando el tema de la creación arquitectónica, de la construcción de algo que tú te imaginas… Aunque él hubiera preferido que sea ingeniera. 

—Miembro de una familia de empresarios, en segundo ciclo con un par de amigos creó su propio estudio...

—Nos fue extraordinariamente bien. Hicimos negocios, diseñamos, construimos… 

—Si les iba tan bien, ¿por qué lo dejó para irse a trabajar en la mina de su padre?

—Cuando has estado tan en contacto con la actividad, la llevas dentro. Además, esto tiene mucha relación con la Arquitectura: en una mina, cuando esta aún no existe, es como un papel en blanco: no hay nada; y tú tienes que idear cómo vas a desarrollar la operación, dónde vas a poner el campamento, dónde la planta, cómo vas a llegar, de dónde va a venir la energía, el agua, etc. 

—¿Fue difícil despedirse de  sus socios?

—Muy difícil, porque más que socios éramos amigos. Pero era el año 77 y había una crisis: los precios en la industria minera se desbarrancaron. Veía a mi tío Agustín preocupado por la situación, y decidí ayudarlo. Además, en nuestra empresa la cantidad de obras había caído bastante. 

—Aún no existía Poderosa (la mina aurífera que hoy lidera, ubicada en Pataz, La Libertad).

—No. Poderosa se funda en el 80. 

—Lo hizo entonces por amor...

—A nosotros nos enseñaron que la gente con la que tú trabajas también es tu familia. Entonces, si hay un momento difícil, tú no te desentiendes. Considera además que –antes– todas las familias vivíamos en los campamentos mineros: las de los ingenieros con las de los trabajadores manuales, empleados… y tú establecías relación con todos y con los pobladores de la zona. 

—El vínculo era tal, que en las vacaciones escolares usted y sus hermanos partían para allá...

—A algún campamento minero. Era maravilloso, estabas libre en el campo, disfrutando de la naturaleza. Éramos grupos de chicos y chicas de diferentes edades, y todos juntos íbamos a hacer cosas: montar bicicleta, pescar, caminar por los cerros… El único compromiso era regresar a la hora del almuerzo o de la cena. 

—Así afianzó su vínculo con la naturaleza. Hoy, sin embargo, parte de la opinión pública ve al minero como alguien que atenta contra la naturaleza...

—Es una percepción equivocada. El minero es absolutamente consciente de que es la naturaleza la que le da el mineral… A mí me gusta poner el ejemplo de la Medicina: antes de que existiera la penicilina, la gente se moría; desde que esta fue descubierta, la Medicina es otra. Antes no podías culpar al médico de que se le muriesen los pacientes, pues no tenía con qué curarlos. Así, toda actividad humana cambia de acuerdo a los avances de la tecnología, y todo lo que la tecnología le ha permitido usar para el cuidado del medio ambiente, el minero lo ha empleado. 

—Su rubro es aún hoy considerado masculino, cuando usted entró –tres décadas atrás– lo era mucho más. ¿Qué tan duro fue hacerse espacio siendo mujer?

—He tenido suerte, porque mis padres nos incentivaron a ser profesionales y a trabajar; porque en esas vacaciones en la mina, también había espacio para el trabajo. Mi papá procuraba que nosotros aprendiéramos a hacer algo, y, por ejemplo, ayudábamos en la bodega de la mina o íbamos a la oficina para limpiar las lunas. Lo hacíamos como jugando. Era una manera de integrarnos al tema y de no ver al trabajo como algo ajeno, y como para eso no importaba si eras hombre o mujer, nunca nadie nos hizo sentir diferentes, sino más bien complementarios y que teníamos que ayudarnos. 

—Por esa razón, siendo ocho hermanos –y cinco de ellos, hombres– fue a usted a quien le dieron la batuta de Poderosa...

—Creo que ahí entró a tallar el hecho de elegir lo que a uno le gusta, y yo le tengo mucho cariño a Poderosa como operación, porque la fundó mi padre, porque mi esposo ayudó a construirla, siempre me he sentido cómoda con la gente que hasta ahora trabaja con nosotros. 

—En el 98, la minería vivió la última gran caída del precio del oro...

—Enfrentar tu primera crisis –y la mía fue la del 77– es lo más difícil, pero una vez que pasa te das cuenta de que sí se puede, y empiezas más bien a identificar cuáles son los aspectos en los que debes tener más cuidado. 

—Poderosa llegó a tener una deuda de US$50 millones...

—La única forma de proteger la empresa fue entrando en un proceso de reestructuración –eso ocurrió en un momento en el que no solo nosotros, sino muchísimas empresas estaban mal–, pero el proceso resultó exitoso y nos permitió constatar la calidad de personal que tenemos. Gracias al trabajo en equipo logramos solucionar el problema. 

—¿Cómo se asume una deuda de esa cantidad?

—Con orden. Tienes que ser muy escrupuloso respecto al orden en que vas a pagar, para no fallarle a nadie: ni a los trabajadores ni a los bancos ni a los acreedores… 

—Pertenece a la tercera generación de mineros en su familia. Ya es abuela, ¿habrá una quinta generación de mineros?

—Cuando mi nieta nació, encontraron una veta y decidieron ponerle su nombre –Briana–, así que espero que también tenga algo que ver con minería.

"FALTA QUE LA INDUSTRIA SE ACERQUE MÁS A LA GENTE"

—Los antiguos mineros son reconocidos como actores del desarrollo del país. Los hijos de estos, sin embargo, como empresarios que no tienen reparo en atentar contra la naturaleza...–No sé hasta dónde ese pensamiento es auténtico, pues hay mucho desconocimiento. Todos somos conscientes de la importancia de la actividad minera para el desarrollo nacional, aunque también creo que falta que la industria se acerque más a la población. Como están tan lejos de las ciudades, la gente no tiene una imagen clara de cómo se desarrolla esta actividad. Si lo supieran, todo sería muy diferente. Quizás serían más los que quisieran estar en una mina, estudiar una carrera relacionada, y no tendríamos los problemas que tenemos ahora –como industria– para encontrar personal.

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