La fiesta de los muertos

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El feriado de ayer fue un viernes particularmente especial para mí. A diferencia de otros años, dejé por un momento mi carrito para ir a visitar a mis finaditos en el cementerio. Hace muchos años que no iba para el Día de todos los santos. Quedé sorprendido con la multitud que acude a los camposantos. Solo para ingresar hay que sortear una hilera de ambulantes que ofertan los más variados potajes. Hay de todo como en Mistura: chancho al palo, arroz con pollo, cebiche, anticuchos, cuy chactado, entre otros manjares de nuestra culinaria.

Ya en el interior del cementerio cada familia vive este día de acuerdo a sus creencias. Más que llorar por el ser querido que partió a la eternidad, la mayoría celebra. “¿Y la muerte no es acaso el inicio de una mejor vida?”, reflexiona a mi costado un caballero con unas copitas de más. No le falta razón. ¡Salud! Otras personas toman al costado del nicho o la tumba y evocan anécdotas del finadito. “Mi viejita era lo máximo, se le extraña. Quién diría que hoy la estaría visitando acá”, me comenta otra persona, mientras al costado una banda de músicos toca el ya célebre “Soy soltera...”. Sí, aunque usted no lo crea. Aquí, los artistas del pueblo están a la moda. “Yo quiero que toquen Amor eterno”, pide a viva voz un joven veinteañero. Alza su vaso, mira el cielo y dice: “Para ti, mamita”. Y al compás de la música, él tararea: “Tú eres la tristeza de mis ojos que lloran en silencio por tu adiós...”.

Y no todo es música. Algunas personas le llevan a sus finaditos los potajes por los que se morían en vida. “Le traje escabeche. Él daba la vida por ese plato. Ahora seguro lo estará oliendo. Papacito, provecho”, comenta doña Ernestina. “Yo le traje a mi tío arroz con pollo, le gustaba que le preparen esa delicia todos los domingos. Y una vez dijo que si algún día moría, le llevemos este potaje”, comentó una jovencita.

Las horas avanzan y pocos quieren irse.  La gente quiere seguir empinando el codo, otros no dejan de contemplar la foto de la autora de sus días o de sus papás desaparecidos. Otros le llevan flores al hijo fallecido. Sus tumbas lucen llenas de globos con tarjetas musicales. Seguro estos angelitos se fueron muy temprano de este mundo pero jamás de los corazones de sus papitos.

La verdad, valió la pena no ir a trabajar por nutrirme de la alegría del pueblo, de la religiosidad popular. Por tanta fe, ahora creo que sí existe vida después de la muerte. Esta celebración es una muestra de ello.

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