
Por: Antonio Orjeda
Fotografías: Lucero del Castillo
Aquilina Palomino llegó a Uchiza en busca de trabajo y descubrió el mal contra el que desde entonces lucha: la anemia. Ver a niños y madres que además sufrían las consecuencias del terrorismo y narcotráfico, marcó su vida. Elaboró un producto para combatir ese mal: Forticao. No planeaba comercializarlo. La vida la forzó a hacerse empresaria.
—No estaba en sus planes ser empresaria.
—¡No, pues!
—Debido a la hiperinflación aprista no pudo terminar la carrera.
—Se juntaron varias cosas: temas familiares, depresión… Yo quería salir adelante, pero vino la hiperinflación. Dejé la universidad faltando una semana para terminar el internado y me puse a vender útiles de escritorio.
—Tenía un hijo de dos años.
—Ya tenía tres años.
—En su desesperación, se enteró de que en Uchiza (en el entonces convulsionado Tocache, en San Martín) había trabajo para enfermeras, y se fue para allá.
—Cualquier cosa era una salida: mi hijo no tenía leche, dejé la universidad, mi ex esposo no aportaba para la comida…
—Dejó a su hijo en Lima.
—Eso te marca… Llegué a Uchiza creyendo que mi vida era un desastre, que no había nada peor. Allá encontré niños con anemia, desnutridos; sin papá, sin mamá, porque los habían matado los terroristas o el narcotráfico. ¡Dios mío!
—¿Qué tan bravos eran esos cuadros de anemia?
—El brillo de los ojos cambia, se vuelve opaco; la pigmentación del pelo, también. Estaban pálidos, ojerosos… y en cada niño yo veía a mi hijo.
—Y como enfermera…
—Pensé: “¿Qué puedo hacer?”. Quería, pero no tenía las herramientas.
APRENDIÓ A SOBREVIVIR
—¿Fue entonces que llamó a sus profesores en Lima?
—No. Mi realidad era otra: yo tenía que sobrevivir, porque me fui en busca de algo mejor. Llegué un sábado y el martes ya tenía trabajo en un instituto como profesora. Allá no había profesionales decentes. ¡Hasta el cura tenía que ver con el narcotráfico!
—Ese mundo la trastocó.
—¡No podía entender! Eran tantas cosas juntas y duras… y yo creyendo que lo mío era una desgracia (ríe)… Eso fue una cachetada de ida y vuelta.
—¿En qué momento comienza a desarrollar su producto?
—Trabajé hasta fin de año, y como todo en lo que me meto quiero hacerlo bien, comencé a destacar. Los otros profesores me vieron como un peligro. Me comenzaron a hostilizar, recibía anónimos que decían ser de Sendero. Me daban 24 horas para que me vaya. Pero mis amigos me hicieron ver que no eran de terroristas, así que no les di importancia. Aunque igual regresé a Lima. Más ubicada: decidida a sacar mi título. Fui a la universidad y me dijeron que tenía que volver a hacer el último ciclo. Fue ahí que comencé a hacer música en los micros.
—Claro: un día subieron al micro tres chicos a cantar. Reconoció a uno, se bajó con ellos y supo que cantando ganaban más que una enfermera.
—Busqué trabajo, pero el sueldo de una enfermera no me alcanzaba ni para pagar la matrícula. Hablé con Benny -así se llamaba ese chico-, y le dije para unirme al grupo.
—¿Cuánto tiempo vivió de cantar en los micros?
—Un año.
—Con ese dinero…
—Pagué mis estudios, la comida… Mi ex esposo, que entonces tenía trabajos esporádicos, se nos unió.
CREÉ MI PROPIA EMPRESA
—¿Y el combate a la anemia?
—Busqué a mi profesor, Luis Benavente, y le conté mi experiencia en Uchiza; hablamos de la anemia y me contó que en Chile hacían galletas fortificadas con hierro hemínico. “¡Eso es!”, dije.
—Volvió a Uchiza.
—Después de un año. Presenté un proyecto al PEAH, Proyecto Especial Alto Huallaga, que está financiado por USAID. Me dieron un ripio, porque mi proyecto requería treinta mil dólares y me dieron US$5.000. “No importa”, dije, y los estiré como chicle (ríe), además conseguí donaciones por aquí y por allá.
—No lo veía como negocio.
—¡Nooo! Yo quería que sirva a los programas sociales.
—Ninguno la escuchó.
—¡Hasta ahora!
—¿Cómo entenderlo?
—Es que el mundo funciona según el poder económico. Por eso creé mi propia empresa. Me daba tanta bronca…El Dr. Benavente, que es mi guía, me dijo: “Aquilina, hasta ahí llega nuestro papel. La otra parte, la comercial, ya le corresponde a las empresas”. Pucha, a mí me reventaba que todo se fuese a archivar. ¡Ah, no! Si nadie lo quiere, ¡yo lo voy a hacer!
—Tenía un buen producto.
—¡Había investigado durante años! Lo había probado en niños, adultos; en Tarapoto, en un montón de distritos, con rigor científico. En un solo mes la gente se recuperaba. ¡Qué más!
—No basta con tener un buen producto. Tenía que introducirlo en el mercado.
—Eso era otra cosa, y yo no sabía. Mi tema era social, pero me comencé a meter.
—Tuvo que crearle un nombre.
—Me dejé llevar por mi intuición y tras probar con varios nombres salió Forticao.
RECURRÍ A BOTICAS
—¿Cómo lo introdujo en el mercado?
—Como no podía ser a través de los programas sociales, recurrí a las boticas. Aunque en un inicio lo introducimos en las bodegas… ¡Una desgracia! La gente lo compraba como si fuese una cocoa que cuesta cincuenta céntimos. Perdimos un montón (ríe)… Empezamos en Tarapoto. Y nos quedó chico.
—El 2008 fue premiada por un banco. Al poco tiempo sufrió una estafa. En Tarapoto tenía una casa de dos pisos, una planta de producción de 80 metros cuadrados. Lo perdió todo.
—Solo me quedé con la planta, que está hipotecada. Pero, ¡bueno! Aquí estoy, con el mismo empuje ¡y con la bronca! No estaba preparada, y caí.
—¿Por qué sigue adelante?
—Porque yo sé que esto es una mina.
—Golpe enseña.
—Ha sido duro. A veces recuerdo y digo: “Diosito, ¿cómo hemos podido salir adelante?”.
“MI MADRE NOS MANDÓ A LA CANCHA”
—Su madre es analfabeta, usted es la última de seis.
—De ¡trece! Siete murieron.
—A sus hermanos mayores ella los mandó a Lima a trabajar en casas, y fueron ellos quienes le pagaron a usted la universidad particular.
—Mi hermano mayor es ingeniero, el otro es contador, el otro es técnico de aviones… y la artífice de todo es
mi madre. ¡Los mandó a la cancha!
—A que trabajen y se paguen los estudios.
—Cuando llegué a Lima ellos ya eran adultos, se habían independizado, vivían en una casa y más bien fui yo quien lavó y limpió para ellos. Ya no tuve que hacerlo para otros. Así se dio nuestra evolución… Mi madre es sabia, aunque no comprende lo que hago: me ve en la computadora y cree que estoy huev... (ríe)… Lo suyo es la acción.
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