Por: Lucho Camino
Manejando por la Av. Arequipa me vinieron los recuerdos futbolísticos. Es que había escuchado por las noticias la posibilidad de que Mario “Machito” Gómez sea recluido nuevamente en un penal de la capital por disparar a un adolescente en el Callao.
“Otra vez vuelve a la cárcel”, pensé. Es que no es la primera vez que Gómez iría a un penal. Hace unos años fue inquilino en Sarita Colonia. En aquella ocasión porque protagonizó una balacera en el local de un club chalaco llamado Atlético Bilis. Allí Mario fue acusado de dispararle junto a su primo, a una chica y desatar un baño de sangre. Estuvo casi seis meses “guardado” hasta que recuperó su libertad y volvió a jugar al fútbol.
“Si se hubiese dedicado profesionalmente a su carrera, hubiéramos estado hablando de un gran futbolista”, me comenta un pasajero que me pidió una carrera a San Miguel.
Y tiene razón. Mario Gómez apareció con la camiseta de la “U” en 1998. Junto a Cordero, Alva, “Polvorita” Carrión, Cotito, Araujo y otros, era la nueva sangre crema. Pero de todos ellos el chalaco era el que más destacaba. Tenía fuerza, personalidad, temple.
Pero nunca se pudo alejar de su barrio en el Callao. Vivía en una zona peligrosa y por aquellos años, se disputaba junto a “Kukín”, quién era el jugador más “parador” en el puerto hasta que chocaron. Fue a las afueras de un salsódromo chalaco. Allí se encontraron y se pelearon. El ex rosado terminó con un corte en la espalda mientras que el ex crema negó todas las acusaciones.
“Buen jugador, pero mal de la cabeza. Qué le esperará”, añade mi pasajero. Escuchamos juntos por la radio que está escondido y espera le revoquen la orden de detención que pesa sobre él. Por ahora se encontraba jugando en Los Caimanes de Chiclayo, equipo que participa en la Segunda División. “Y pensar que llegó a la selección y tampoco lo aprovechó”, aclara mi acompañante.
El disparo al adolescente fue en abril del 2010. Estuvo detenido, pero salió libre. El juicio continuó. Pensó que la libraría nuevamente, pero ahora la justicia lo quiere tras los fríos barrotes de una cárcel. Una constante del futbolista que nunca supo asimilar sus consejos y tampoco escogió bien a sus amistades, los mismos que ahora deberían estar con él para apoyarlo.
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